Comentario Nº 124, 1 de noviembre de 2003

      Bolivia, Bush y América Latina

      El levantamiento boliviano, que ha conseguido echar del país al presidente, ha contado con una cobertura desacostumbrada por parte de los periódicos norteamericanos y europeos. En cierto sentido es sorprendente, ya que países como Bolivia son normalmente ignorados (o se les presta poca atención) hasta en los mejores periódicos. Se puede tratar del efecto acumulativo de los acontecimientos de los dos últimos años, que refleja un cambio de política en América Latina, con lo que ha vuelto a situarse en el foco de la política mundial.

      En la década de 1960 todo el mundo hablaba de revolución en América Latina. Cuba se convirtió en símbolo de la marcha hacia el socialismo. Che Guevara simbolizaba y practicaba lo que se llamaba entonces "foquismo" o "revolución dentro de la revolución" (lo que lo llevó a la muerte, precisamente en Bolivia). Los intelectuales latinoamericanos –el primero de ellos fue Raúl Prebisch, Secretario General de la Comisión Económica de la ONU para América Latina (CEPAL)– elaboraron la "teoría de la dependencia" a partir de las ideas de "centro y periferia" y del "desarrollismo". Esos intelectuales comenzaron a oponerse abiertamente a los partidos comunistas latinoamericanos, calificándolos de reformistas, contrarrevolucionarios y colaboradores de facto con Estados Unidos y el capitalismo mundial. En muchos países se formaron movimientos guerrilleros que tuvieron un gran impacto, y en Chile fue elegido como presidente Salvador Allende con un programa de transición al socialismo.

      Estados Unidos comenzó a alentar golpes militares en varios países (Brasil, Chile, Argentina, Uruguay), tratando de frenar aquella marea. La oleada revolucionaria comenzó a decaer en la década de 1970, aunque los sandinistas en Nicaragua representaron un último brote. Durante la década de 1980 el estancamiento de la economía-mundo comenzó a dejarse sentir con particular fuerza en América Latina. México fue el primero de los países latinoamericanos en sufrir la crisis de la deuda en 1982 (aunque a escala mundial el país que la inauguró fue Polonia, en 1980). Durante toda esa década se fue produciendo un retroceso del desarrollismo y un nuevo impulso hacia la "democracia" (es decir, hacia la política electoral), y un apaciguamiento general de las aguas. Los distintos movimientos guerrilleros en Centroamérica se fueron desvaneciendo, aunque salvaron la cara obteniendo el derecho a participar en la política electoral. El colapso de la Unión Soviética y de los comunismos de Europa oriental y central desorientó y desarmó a gran parte de la izquierda latinoamericana.

      Durante la década de 1990 Estados Unidos pudo volver a respirar a sus anchas en América Latina. México aceptó incorporarse al Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (ALCAN), y por fin, tras medio siglo ininterrumpido de gobierno unipartidista del Partido Revolucionario Institucional (PRI), se eligió como presidente al líder de un partido conservador, defensor del libre comercio y pro-estadounidense, Vicente Fox. Cierto es que inmediatamente después de firmar el ALCAN, México contempló el surgimiento y arraigo de un tipo sorprendentemente nuevo de movimiento sociopolítico, el de los Zapatistas en Chiapas, que defendía los intereses de las poblaciones indias oprimidas. Atrajo mucha atención y apoyo en todo el mundo, pero Estados Unidos no le dedicó mucha atención, posiblemente porque proclamaba que no estaba interesado en la toma del poder estatal. Estados Unidos comenzó a promover la idea de un Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA), y convenció a Chile para que fuera el primer país en firmar un acuerdo bilateral de ese tipo .

      Entonces comenzó a percibirse un lento fragor de descontento político en toda América Latina. Las formas que cobró en Ecuador, Perú, Venezuela, Brasil y Argentina fueron diferentes en los detalles, pero todos ellos compartían una misma característica: Quienes se mostraban más descontentas eran las poblaciones indias (o mestizas) y los sectores campesinos y sindicales organizados de la población, mientras que las clases medias se mostraban relativamente desorientadas a inseguras sobre sus intereses. En ninguno de esos casos llegó al poder un gobierno que se pudiera considerar "revolucionario" según los parámetros de la década de 1960, pero en todos ellos se constataba la oposición, manos más o menos abierta, a los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI) y a la creación del ALCA. Todos ellos molestaban a Estados Unidos, pero no parecía capaz de modificar la situación tan directa y rápidamente como en la década de 1970. No ha habido golpes militares de extrema derecha à la Pinochet.

      Ése es el contexto en el que se han producido los acontecimientos de Bolivia, que es quizá el país más pobre de toda Sudamérica. Bolivia había sido ya pionera de la primera oleada revolucionaria en América Latina. En 1952 una revolución llevó a la nacionalización de las minas de estaño. Aquella revolución fue encabezada por la Central Obrera Boliviana (COB) que encuadraba a los mineros del estaño, la mayoría de ellos indios, y supuso una gran sacudida para Estados Unidos, al combinar como lo hacía la militancia sindical con la reivindicación de la mayoría india de jugar un papel político en el Estado. Costó cinco años contenerla. Cuando el estaño bajó de precio en el mercado mundial, muchos de los productores indios se volcaron en el cultivo de coca, lo que les supuso ingresos pero también la ira de Estados Unidos, empeñado en su campaña anti drogas.

      En las últimas elecciones el líder de los cocaleros, Ivo Morales, al frente del llamado Movimiento al Socialismo (MAS), con el apoyo de la COB y de los movimientos indios, perdió por un estrecho margen de votos frente a un candidato conservador estándar, Gonzalo Sánchez de Lozada. Se dice que cuando éste se reunió con Bush en Washington le dijo bromeando que haría lo que se le pedía pero que en ese caso la próxima vez que lo vería Bush sería probablemente en el exilio político en Estados Unidos. Y así ha sucedido. Cuando Sánchez ofreció vender el gas boliviano a bajo precio, y propuso además llevarlo por un gaseoducto a un puerto en otro tiempo boliviano pero que fue conquistado militarmente por Chile en el siglo XIX, el país montó en cólera, sobre todo las enormes áreas de chabolas del altiplano que rodean a la capital. Y de repente, estudiantes y obreros que desfilaban por las calles (y la COB en un documento oficial) aclamaban sin rebozo al Che Guevara.

      Estados Unidos proclamó su apoyo a Sánchez de Lozada, y consiguió que el sectario general de la Organización de Estados Americanos hiciera lo mismo. Pero la sublevación era demasiado enérgica, y el vicepresidente retiró su apoyo al gobierno, abriendo la vía para hacerse con el puesto. Poco después, para sorpresa de todo el mundo, el gobierno conservador de Colombia, el aliado más estrecho de Estados Unidos en el continente, ha perdido las elecciones municipales en Bogotá (así como en la segunda ciudad del país, Medellín) frente a un líder sindical ex comunista, "Lucho" Garzón. El origen del descontento era básicamente el mismo: los perjuicios ocasionados por el liberalismo y la exigencia estadounidense de erradicar la coca, así como, en este caso, el desacuerdo con la línea dura del gobierno que se niega a negociar con el longevo movimiento guerrillero "Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia" (FARC).

      Así pues, si bien no ha habido revoluciones, se constata una serie de reveses sistemáticos de las fuerzas conservadoras y de la política de Estados Unidos. Repasemos todo lo que ha sucedido: En Brasil, "Lula" y el Partido dos Trabalhadores (PT) ganaron por fin una elección presidencial. En Argentina, escaparate del FMI, el colapso económico y la agitación política dieron lugar por fin a un presidente que ha desafiado al FMI, le ha desobedecido y se ha visto premiado con un fuerte apoyo político a sus candidatos en las elecciones municipales. En 2003, en una votación decisiva en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre Iraq, Estados Unidos no consiguió el apoyo de México ni de Chile. En Cancún, la oposición a las propuestas estadounidenses fue encabezada, y con éxito, por Brasil. Y por doquier se ha producido el despertar político de la población indígena, que en muchos países de América Latina constituye la mayoría de la población.

      Ese renacimiento ha sido posible gracias a dos fenómenos que han aparecido juntos: Por un lado, Estados Unidos ya no tiene la capacidad de hacer cuanto se le antoje en América Latina, especialmente ahora que se ve atado por sus compromisos militares en Oriente Medio. Y por otro, los líderes políticos latinoamericanos, especialmente los de centro izquierda, han aprendido que no tienen la posibilidad de dar grandes y rápidos pasos, pero sí de envergadura media, y que éstos se pueden acumular. América Latina se está aprovechando ahora de la debilidad estadounidense. Las batallas clave son dos: el grado en que los movimientos indios y otros movimientos campesinos y sindicales mantengan su vigor e incrementen su influencia política, y el eventual fracaso de las negociaciones sobre el ALCA, debido a la rigidez estadounidense con respecto a cualquier concesión significativa.

      Immanuel Wallerstein (1 de noviembre de 2003).


      © Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.

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